¿Cuándo volver a ligar después de un divorcio? Igual tres semanas después es un poco pronto
Te has separado. Después de quince años. Ha sido duro. Pero estás bien. Eso dices tú. También dices que has pasado página.
Guías prácticas para triunfar en apps de citas.
Fotos, bio,
conversaciones y estrategia.
Te has separado. Después de quince años. Ha sido duro. Pero estás bien. Eso dices tú. También dices que has pasado página.
Tienes matches. Bien. Esto ya descarta una teoría. No eres invisible. Hay mujeres que ven tu perfil y deciden que quieren saber algo más de ti. El problema viene después.
Llevas meses en Tinder. Pocos matches. Conversaciones que empiezan y desaparecen. Alguna cita. Poco más. Y un día descubres que existen profesionales que pueden ayudarte con tu perfil, tus fotos o incluso acompañarte durante el proceso.
Fotos, bio y cómo montar el perfil
Abrir Tinder y crear un perfil lleva cinco minutos. Crear uno que diga algo de ti puede llevar un poco más. El problema es que muchos hombres hacen exactamente lo mismo: buscan cuatro fotos en el móvil, rellenan un par de datos y, cuando Tinder pregunta por la bio, escriben algo parecido a: “Me gusta viajar, salir con amigos, el deporte y disfrutar de la vida”. Y listo. Perfil terminado. También acabamos de describir a aproximadamente tres millones de hombres. Si quieres crear un buen perfil de Tinder desde cero, hay algo que conviene entender antes de empezar: no estás rellenando una ficha. Estás presentándote a alguien que no sabe absolutamente nada de ti.
Te abriste Tinder hace tres meses. Al principio entraste con cierta ilusión. Subiste unas fotos. Escribiste algo. Empezaste a dar likes. Y esperaste. Tres meses después tienes siete matches. Dos nunca contestaron.
Esta es una de esas preguntas que muchos hombres se hacen después de llevar un rato en Tinder: ¿Qué buscan realmente las mujeres cuando miran un perfil? Y aquí aparece la tentación de encontrar una fórmula. Foto con perro. Viaje exótico. Camisa blanca. Sonrisa. Altura. Moto, quizá. Un momento. No estamos preparando un catálogo de accesorios para conseguir matches. No existe un perfil masculino que guste a todas las mujeres. Afortunadamente, porque entonces Tinder sería bastante aburrido. Pero sí hay algo que un buen perfil puede conseguir: que una mujer que no te conoce entienda rápidamente quién eres, cómo es tu vida y si podría apetecerle conocerte. Y eso ya es muchísimo.
Elegir las fotos de Tinder parece fácil hasta que abres la galería del móvil. De repente tienes 4.327 fotografías y ninguna parece servir. En una sales bien, pero es de hace seis años. En otra estás en Roma, aunque apenas se te ve. Hay una estupenda con tus amigos, pero sois siete hombres y no queda demasiado claro cuál eres tú. Y luego está esa foto con gafas de sol que te encanta. También las otras cuatro con gafas de sol. El problema es que las fotos de un perfil de Tinder no deberían ser simplemente las fotografías en las que crees que sales mejor. Deberían conseguir que alguien que no te conoce pueda hacerse una idea de quién eres.
Hay un momento especialmente peligroso cuando estás creando tu perfil de Tinder. La aplicación te deja añadir fotos. Y tú piensas: “Cuantas más, mejor”. Así que empiezas. Una de vacaciones. Otra con amigos. La boda de tu primo. Una haciendo senderismo. Otra de 2019 porque ahí salías especialmente bien. Una con tu perro. Otra con un cóctel. Y cuando terminas aquello ya no parece un perfil de Tinder. Parece el documental oficial de tu vida.
Llegas a Tinder. Eliges tus fotos. Más o menos sobrevives al proceso. Y entonces aparece ese pequeño espacio en blanco: “Sobre mí.” Perfecto. Ahora solo tienes que resumir tu personalidad, resultar interesante, tener sentido del humor y conseguir que un desconocido quiera conocerte. En 500 caracteres. Sin presión. Así que haces lo que haría cualquier adulto responsable. Lo dejas vacío.
Abres un perfil. Las fotos están bien. Parece interesante. Lees la bio: “Busco alguien divertido, inteligente, cariñoso, independiente, aventurero, sincero, familiar, con sentido del humor, que haga deporte, que le guste viajar, que tenga las cosas claras y que sepa lo que quiere.” Bueno. ¿Algo más?. ¿Que cocine?. ¿Que tenga casa en la playa?. ¿Grupo sanguíneo compatible? Porque podemos seguir.
Tienes una foto estupenda. Sales increíble. Buena luz. Buen pelo. Buen cuerpo. Hay un pequeño detalle: La foto es de 2016. Pero bueno, técnicamente sigues siendo tú. También tienes otra de 2019, aquella de la boda de tu prima en la que estabas espectacular. Y una de hace cuatro años en la playa. Perfecto. Has creado un perfil de Tinder. O una retrospectiva de tu carrera.
Estás en el sofá mirando Tinder. Una foto. Otra. Otra. Y de repente aparece alguien sonriendo. No sabes cómo habla. No sabes si es divertido. No sabes si pone la leche antes que los cereales, que también es información importante. Pero algo ha pasado. Te ha caído bien. Y todavía no ha dicho ni una palabra.
Llevas un año en Tinder y casi no tienes matches. Has cambiado la bio. Has ampliado la distancia. Has reducido la distancia. Incluso has probado a conectarte a determinadas horas porque alguien te dijo que “el algoritmo lo nota”. Y has llegado a una conclusión: Tinder no funciona.
Intentar optimizar tu perfil de Tinder por tu cuenta es como intentar verte la espalda sin espejo. Puedes intentarlo… pero no estás viendo lo que importa. Porque el problema no es solo qué fotos eliges. Es cómo se perciben. Y eso es exactamente lo que define cómo mejorar perfil Tinder y cómo tener más matches en Tinder.
Hoy vamos a hablar de una de las mayores estafas emocionales del siglo XXI: confiar en la opinión de tu entorno sobre tu perfil de Tinder. Porque claro, haces lo lógico. Preguntas.
Hoy vamos a hacer algo que tus amigos no han tenido el valor de hacer: decirte la verdad. Porque sí, todos hemos pasado por ese momento en el que mandas tus fotos al grupo de WhatsApp y preguntas: “¿Cuál está mejor?”
Antes de que empieces a culpar a tu cara, a tu altura o al algoritmo maligno de Tinder, vamos a decir una verdad incómoda pero liberadora: si no tienes matches, probablemente no es porque seas feo. Es porque tu perfil no ayuda
Del match al chat: abrir, mantener y leer una conversación
Conseguir el match parecía la parte difícil. Ella te gusta. Tú le gustas. Tinder hace sus fuegos artificiales y durante unos segundos parece que todo marcha estupendamente. Empiezas a hablar: "Hola, ¿qué tal?". "Bien, ¿y tú?. "Bien también. ¿Qué haces?". Y aproximadamente cuatro mensajes después, la conversación tiene menos vida que una planta de plástico. ¿Qué ha pasado?. Si tienes matches en Tinder pero las conversaciones se enfrían enseguida, normalmente el problema está en cómo empieza, cómo se mantiene o cómo avanza la conversación. Porque una cosa es conseguir matches en Tinder y otra bastante diferente es conseguir que esos matches terminen convirtiéndose en conversaciones que apetezca continuar. Y no, no siempre significa que ella haya perdido el interés. A veces simplemente no le hemos dado demasiados motivos para mantenerlo.
Estás en el sofá. Abres Tinder. Primera mujer. Derecha. Segunda. Derecha. Tercera. También derecha. A la número 27 probablemente ya ni siquiera recuerdas qué estás mirando. Derecha. Derecha. Derecha. Aquello ya no parece una aplicación de citas. Parece que estás intentando limpiar el parabrisas durante una tormenta. La teoría es sencilla: si doy like a muchas mujeres, tendré más posibilidades de conseguir matches. Matemáticamente suena estupendo. El problema es que no estás intentando acertar la combinación ganadora de la lotería. Estás intentando conocer a alguien. Y ahí la cantidad empieza a importar bastante menos.
Mensaje enviado. Dos ticks. Leído. Silencio. Miras el móvil. Nada. Lo vuelves a mirar siete minutos después porque quizá WhatsApp haya decidido ocultarte una respuesta por motivos personales. Nada. Media hora. Dos horas. Y empieza la reunión del comité: “¿He dicho algo raro?”. “¿Estará ocupado?”. “¿Le escribo otra cosa?”. “¿Y si se ha muerto?”. Curiosamente, la opción “está trabajando” suele aparecer bastante después.
La conversación va bien. O eso crees. Tú preguntas: "¿Qué tal tu fin de semana?". Te responde. "¿Y qué tipo de música te gusta?". Te responde. "¿Has viajado últimamente?". Tambié te responde. Lleváis veinte minutos hablando y empiezas a notar algo extraño. Aquello se parece sospechosamente a una entrevista de trabajo. Y tú eres Recursos Humanos.
Has hecho match. Bien. Primera parte superada. Ahora tienes delante un chat vacío y una oportunidad maravillosa para demostrar toda tu personalidad. Así que escribes: “Hola, ¿qué tal?”. Excelente. Acabas de enviar exactamente el mismo mensaje que probablemente tiene otras siete personas esperando en su bandeja. No está mal. Tampoco está bien. Simplemente está ahí.
Has conocido a alguien. Te gusta. La conversación funciona. Te escribe un martes. Tú ves el mensaje el martes. Te apetece contestar el martes. Pero entonces recuerdas uno de los grandes consejos sentimentales de todos los tiempos: “No contestes tan rápido. Que no parezca que estás demasiado interesado”.
Haces match con alguien. Bien. Te escribe: "Hola, ¿qué tal?". "Bien, ¿y tú?". "Bien también". Y aquí empieza uno de los grandes rituales de las apps de citas: el interrogatorio. "¿De dónde eres?". "¿A qué te dedicas?". "¿Cuánto llevas soltero?". "¿Tienes hijos?". "¿Qué buscas por aquí?".
Haces match. Bien. Esa persona te gusta y, detalle bastante importante, tú también le gustas a ella. Parece que tenemos lo más difícil hecho. Entonces llega tu momento. Abres el chat. Piensas. Vuelves a pensar. Y después de semejante despliegue creativo escribes: “Hola, ¿qué tal?”
Hoy voy a contarte una historia real: Martes, 22:47. Estoy en el sofá. Abro Tinder. Match. Mensaje: “Hola”. Abro el chat. Lo leo. Miro el perfil otra vez. Vuelvo al chat. No respondo. ¿Por qué?
Cuándo y cómo pasar de hablar a quedar
Tienes matches. Bastantes. De vez en cuando incluso abres Tinder y tienes varios nuevos. Así que, técnicamente, podríamos decir que tu perfil funciona. Enhorabuena. Pequeño detalle: no quedas con nadie. Tienes 23 conversaciones abiertas, siete “jajajaja” abandonados, cuatro personas con las que llevas hablando desde Semana Santa y alguien que todavía te está explicando qué hizo el fin de semana pasado. Pero citas… dos. Y una fue en febrero.
Tienes matches. Bien. Esto ya descarta una teoría. No eres invisible. Hay mujeres que ven tu perfil y deciden que quieren saber algo más de ti. El problema viene después.
Hacéis match. Empezáis a hablar. Primer día. Segundo día. Una semana. Dos semanas. Ya sabes dónde trabaja, qué serie está viendo, cómo se llama su perro y por qué dejó de hablarse con su compañero de piso en 2018. Pero todavía no os habéis visto. Enhorabuena: quizá no tienes un match. Tienes un amigo por correspondencia con WiFi.
"Buenos días". "Buenos días 😊". "¿Qué tal has dormido?". "Bien, ¿y tú?". "¿Qué haces hoy?". "Trabajar. Luego gimnasio. ¿Tú?". "Trabajar también". Por la noche volvéis a hablar. Al día siguiente, otra vez. Y al siguiente. Os mandáis fotos de lo que estáis comiendo. Sabes que los martes va a pádel. Te ha contado el problema que tiene su hermana con el trabajo. Conoces el nombre de su perro. Pero todavía no sabes cuánto mide en tres dimensiones. Porque lleváis tres semanas hablando. Y aún no habéis quedado.
Hay quien pide el teléfono después de cuatro mensajes. Y quien lleva tres semanas hablando dentro de una app como si Tinder fuera su domicilio fiscal. No hay un número mágico de conversaciones ni de días para pasar de una app de citas a WhatsApp. La pregunta importante es otra: ¿Ya existe suficiente confianza e interés como para dar ese paso?.
Lleváis unos días hablando. La conversación funciona. Os reís. Hay interés. Y finalmente uno de los dos dice: "¿Quedamos esta semana?". "Sí, claro". Perfecto. Ahora no lo estropeemos.
Primera y segunda cita, y lo que pasa después
Llegas a casa después de una primera cita. Te quitas los zapatos. Coges el móvil. Y empieza el análisis. “Ha dicho que se lo ha pasado bien.” Sí. Pero… ¿Lo ha dicho de verdad o era un “me lo he pasado bien” de educación? También te ha dado dos besos. Aunque en España eso quizá no sirva como prueba científica. Y jurarías que al despedirse ha sonreído. Perfecto. Ya tenemos material para las próximas cuatro horas.
Primera cita terminada. No hubo incendios. Nadie fingió una llamada urgente para escapar. Y, mejor todavía: queréis volver a veros. Fantástico. Ya tienes una segunda cita. Y entonces aparece una nueva preocupación que hace 24 horas ni siquiera existía: “¿Y ahora qué hacemos?”. Porque repetir exactamente el mismo bar, en la misma mesa y con las mismas preguntas quizá sea excesivamente fiel a la primera temporada.
Termina la primera cita. Os levantáis. Recogéis las cosas. Dos besos. Y llega el momento. "Bueno, me lo he pasado muy bien". "Yo también". "Ya hablamos". "Sí, claro". Perfecto. Acabáis de firmar un contrato que absolutamente nadie sabe qué significa. Porque “ya hablamos” puede querer decir: “Me encantaría volver a verte”, “ha estado bien, pero necesito pensarlo” o “espero no volver a coincidir contigo ni en una rotonda”.
Llegas a casa después de una primera cita. Tu amiga pregunta: "¿Qué tal?". Y tú: "Bien…". Ese “bien” acompañado de tres puntos ya empieza a preocupar a todo el mundo. "¿Pero te ha gustado?". "Sí, es majo". "¿Te has reído?". "Sí". "¿Habéis estado a gusto?" . "Sí". "¿Te parece atractivo?". "Sí". "Entonces, ¿qué pasa?". Silencio. “No he sentido LA CHISPA.” Ah. La chispa. Esa criatura mitológica de las primeras citas.
Primera cita. Os sentáis. Pedís algo. Y antes de que llegue la bebida ya tenemos: "¿Cuánto tiempo llevas soltero?". "¿Qué buscas?". "¿Quieres tener hijos?". "¿Te gustaría casarte?". "¿Dónde te ves dentro de cinco años?". Un momento. Todavía no sabemos ni si compartimos postre.
Primera cita. Viernes, ocho de la tarde. Habéis quedado para tomar algo en una terraza bastante informal. Llegas. Y allí está tu cita. Camisa impecable. Zapatos recién estrenados. Perfume suficiente para aromatizar tres mesas. Parece estupendo. Solo falta que aparezca el fotógrafo de la boda.
Quieres ponerte en forma. Contratas a un entrenador. Quieres comer mejor. Vas a un nutricionista. Quieres aprender inglés. Buscas un profesor. Pero quieres mejorar tus citas y ahí hacemos algo bastante curioso: Improvisamos. Y si no funciona, repetimos exactamente lo mismo esperando que esta vez ocurra algo diferente.
Volver a ligar tras años en pareja
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Tienes 46 años. Llevas un tiempo soltero. Un día decides que estaría bien conocer a alguien. Hasta aquí, todo perfectamente razonable. El problema empieza cuando piensas: “¿Y cómo se liga ahora?”. Porque quizá llevabas 10, 15 o 20 años en pareja. La última vez que tuviste que conquistar a alguien no existía Tinder, nadie pedía el Instagram antes que el teléfono y un match era algo que ocurría cuando encendías una cerilla. Ahora vuelves a estar soltero, tus amigos te dicen que te abras una app y tú miras Tinder como tu padre miraba el mando de la televisión nueva. Bueno. ¿Y ahora qué hago con esto?
Te has separado. Después de quince años. Ha sido duro. Pero estás bien. Eso dices tú. También dices que has pasado página.
Llevas meses en Tinder. Pocos matches. Conversaciones que empiezan y desaparecen. Alguna cita. Poco más. Y un día descubres que existen profesionales que pueden ayudarte con tu perfil, tus fotos o incluso acompañarte durante el proceso.
Llevas cuatro meses en Tinder. Has cambiado las fotos tres veces. Tu amigo dice que pongas la de la boda. Tu hermana dice que esa camisa te hace diez años mayor. Una compañera de trabajo asegura que tu bio parece escrita por tu padre. Y ChatGPT acaba de darte catorce recomendaciones.
Tienes 46 años. Llevas un tiempo en Tinder. Los resultados no son exactamente para lanzar cohetes. Así que haces lo que hacemos todos cuando no sabemos hacer algo: buscas ayuda en internet. Cinco minutos después aparece un hombre en un vídeo diciéndote: “Jamás le escribas antes de 24 horas.”
Tienes 48 años. La última primera cita que tuviste fue aproximadamente cuando todavía grabábamos CDs. Y ahora has quedado con una mujer que conociste en Tinder. A las siete. Para tomar algo. Son las cinco y media y ya has probado tres camisas.
Si eres un hombre que vuelve a ligar después de muchos años, es bastante probable que en algún momento hayas escrito algo parecido a esto: “¿Qué buscan las mujeres de 40 años en un hombre?” Buena pregunta. El problema es que a veces esperamos una respuesta del tipo: Seguridad: 35 %. Sentido del humor: 27 %. Altura: 18 %. Saber hacer una tortilla: 20 %.
Has hecho match. Habéis hablado. Os gustáis. Ella dice: “¿Quedamos esta semana?”. Y aquí empieza la parte sexy. Abres el calendario. “Lunes imposible. Tengo a los niños”. “Martes fútbol del pequeño”. “Miércoles podría, pero a las nueve tengo que recoger a la mayor”. “Jueves… espera”. Silencio. “Jueves de 19:30 a 21:15 soy completamente tuyo”.
Te abres Tinder con 47 años. Subes unas fotos. Deslizas un rato. Esperas. Pasa una semana. Dos. Los matches llegan con la alegría de una factura de Hacienda. Y empiezas a sospechar: “Tinder a mi edad ya no funciona”. Puede ser una conclusión. Pero antes de declarar oficialmente muerto Tinder para todos los hombres mayores de 40, quizá conviene mirar tu perfil. Por si acaso.
Tienes 46 años. Estás soltero otra vez. Quieres conocer mujeres. Perfecto. Solo falta resolver un pequeño detalle: ¿Dónde están?. Porque sales de casa, vas a trabajar, haces la compra, llevas a tus hijos donde toque, vas al gimnasio y vuelves a casa. Mujeres hay. Lo que no parece haber es ningún cartel luminoso que diga: “Mujeres solteras de 40 a 50 años. Segunda planta”. Y entonces empiezas a sospechar que todo el mundo conoce algún lugar secreto menos tú.
Tienes seis matches en tres meses. Tu amigo Javi tiene cinco. Luis lleva hablando desde enero con una mujer que siempre está “a tope esta semana” y nunca puede quedar. Y Sergio eliminó Tinder hace dos meses porque decía que “esto ya no funciona”. Perfecto. El comité técnico queda oficialmente constituido. Sábado por la tarde. Cervezas. Sacas el móvil. “Venga, mirad mi Tinder porque algo estoy haciendo mal”. Y empieza la consultoría. "Quita esa foto". "No, esa es la mejor". "Pon la de la boda de tu hermano". "Tío, tarda más en contestar". "Yo no pondría que tienes hijos". "Pon una foto con el perro". No tienes perro.Da igual. A estas alturas alguien ya está buscando uno.
Todos tenemos uno. Ese amigo que entra en un bar y a los diez minutos ya está hablando con alguien. Se abre Tinder. Dos fotos. Bio vacía. Una de las fotos está desenfocada. Y tiene 38 matches antes de cenar. Tú llevas tres semanas eligiendo fotografías, has reescrito la bio cuatro veces y Tinder parece haberte incluido en un programa de protección de testigos. Así que haces lo lógico: le preguntas qué estás haciendo mal. Él mira tu perfil durante doce segundos y sentencia: “Yo quitaría la bio. Hay que hacerse el interesante”. Claro.
Te separas. Pasan unos meses. Un día alguien te dice: “Tienes que volver a conocer gente”. Buena idea. El pequeño inconveniente es que llevas 15 años sin ligar. La última vez que pediste un teléfono probablemente todavía apuntabas el número. Ahora tu amigo te instala Tinder, te explica que tienes que deslizar a un lado o al otro y te deja solo ante el peligro. Miras la pantalla. Aparece una mujer. Luego otra. Luego otra. Y piensas: “Perfecto. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo” Bienvenido de nuevo.
Tienes 43. O 47. O 52. Hace años que no tienes una cita con alguien nuevo. Y un día decides descargarte Tinder. Perfecto. Cinco minutos después estás mirando una pantalla llena de desconocidos pensando: “¿Pero qué hago yo aquí?” Deslizas un perfil. Luego otro. Alguien pone “fluir”. Otra persona busca “compañero de aventuras”. Y empiezas a sospechar que para ligar después de los 40 necesitas un diccionario nuevo.
Te separas después de 15 o 20 años de relación. Un día decides que quizá ha llegado el momento de volver a conocer gente. Y entonces descubres una cosa: La última vez que ligaste no existía Tinder.
Qué app elegir, red flags y perfiles falsos
Hay un momento en las apps de citas en el que aparece un perfil y piensas: Esto es demasiado perfecto. Fotos espectaculares. Bio interesante. Te da match. Te escribe. Además contesta rápido. Y tú, que llevabas tres semanas hablando con personas capaces de responder “jajaja” cada siete horas, empiezas a pensar: Por fin. Bueno. Puede que sí. O puede que estemos a punto de conocer a una atractiva cirujana sueca que, casualmente, vive a cuatro kilómetros de tu casa y dentro de dos días necesite que le ayudes con una transferencia bancaria. Conviene mantener cierta ilusión. Pero también cierta capacidad de observación.
Hay un momento, normalmente después de una temporada deslizando perfiles, en el que aparece una duda razonable: ¿Y si el problema no soy yo?. ¿Y si estoy en la aplicación equivocada?. Y entonces empieza la investigación. Tinder. Bumble. Hinge. Te descargas otra. Cinco minutos después estás creando prácticamente el mismo perfil que tenías en la anterior. Mismas fotos. Misma bio. Mismo hombre. Nueva aplicación. Y esperas resultados completamente diferentes. Puede ocurrir. Pero quizá deberíamos entender primero qué cambia de una app de citas a otra y, sobre todo, qué no cambia.
Haces match con alguien. Empezáis a hablar. Todo normal. Hasta que tarda seis horas en contestar. Red flag. Te dice que no le gusta viajar. Red flag. Tiene una foto con su ex recortado. Bueno. Esa quizá la estudiamos. Pero hemos llegado a un punto en el que cualquier cosa que no nos encaja perfectamente recibe inmediatamente la etiqueta de: 🚩 RED FLAG 🚩 Y como sigamos así, para ligar vamos a necesitar casco y chaleco reflectante.
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